miércoles, enero 26, 2022
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Hacerse la prueba de COVID-19 es una misión para madrugadores

3 de enero de 2022 - 6:29 pm

La última vez que intenté hacerme la prueba de coronavirus en uno de los centros fijos del Departamento de Salud llegué a las 6:15 a.m. y ya era tarde. En el laboratorio privado que me rescató ese día tuve que esperar tres horas en la acera bajo el sol para lograrlo y me costó $40.

Ante la necesidad de hacerme una nueva prueba, sabía que tenía que madrugar. Por eso, a las 4:30 a.m. de hoy, lunes, ya estaba en pie. Aunque intenté avanzar, me tomó casi una hora salir de casa.

De camino a Santa Isabel por la PR-1 había mucho movimiento a pesar de la hora: unos iban a trabajar en Collins Aerospace y otros nos dirigíamos al Coliseo Raúl Cintrón para hacernos por servicarro la ansiada prueba para detectar el coronavirus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad COVID-19.

El tramo de la carretera PR-538 frente a la instalación deportiva ya estaba lleno de automóviles, así que seguimos hacia la calle Villa del Mar. La cola me alcanzó en la intersección con la calle Erizo. Estacioné a las 5:40 a.m. y, según mi conteo a ojo, había noventa y pico de carros.

Minutos después, la fila continuó por la calle Tiburón y varias más de la comunidad Playa. A esa hora, oscuro y fresco, solo se escuchaban ladridos de perros. La mayoría de las personas en fila tenían sus carros apagados, algunas dormían.

Pasadas las 6:00 a.m. y habiendo amanecido ya, comenzó el movimiento de carros saliendo de este sector costero. Y llegaron también familiares al rescate de los amanecidos, desayuno en mano. Empezó entonces el intercambio de tazas con café, envases y bolsos de restaurantes de comida rápida.

La Policía Municipal de Santa Isabel dio varias rondas y luego aparecieron dos integrantes de la Guardia Nacional de Puerto Rico para hacer el conteo de personas que se harían la prueba.

El algún momento entre las 9:00 a.m. y 9:30 a.m. se agotaron los 300 turnos del día. Un policía municipal atravesó su auto en la calle Villa del Mar para notificarlo a los conductores, cosa de que dieran vuelta en U y se marcharan.

El proceso de pruebas estaba pautado para comenzar a las 9:00 a.m. y, aunque no pude ver si efectivamente abrieron a esa hora, doy fe de que la fila se movió rápido.

A las 10:33 a.m. llegué al portón de entrada.

“200”, le dijo el empleado que llevaba el conteo al policía que vigilaba ese punto.

Mientras esperaba a que me dejaran pasar, el policía comentó que la primera persona llegó a las 11:00 p.m. de ayer, domingo.

“La gente está llegando bien temprano y hasta duermen ahí esperando. Dormir en un carro no está fácil, bueno, yo tuve que dormir en el carro después del huracán María, pero cuando uno sale de ahí después de tantas horas es que siente los dolores”, dijo el agente.

El empleado le contestó: “Después que tengan Netflix la pasan bien”. “Y buen aire acondicionado”, añadió el policía.

A 10:36 a.m., un guardia nacional me registró a través de un teléfono celular y dos minutos después una empleada del sistema de rastreo me tomó la muestra nasal para la prueba de antígenos. 

El grupo, compuesto por 15 personas, trabajaba a toda prisa en el estacionamiento trasero del coliseo, bajo una carpa blanca. Otro guardia nacional y un policía atendían la salida de la instalación.

Así, pues, me tomó cinco horas hacerme la prueba de coronavirus. El resultado, que antes del repunte de Navidad se recibía en media hora, se tardó otras cinco horas (llegó a las 3:27 p.m.).

Para hacerse la prueba en estos días no solo hay que madrugar, sino tener paciencia y resistencia. Lo lamentable es que para muchos el madrugón no es suficiente para alcanzar un turno.

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Michelle Estrada Torres
Periodista y profesora oriunda de Ponce, Puerto Rico. Su experiencia periodística incluye trabajo reporteril, investigación, edición; producción de textos, fotos y vídeos; y cobertura multimedios y multiplataforma. En Inter Ponce imparte cursos de periodismo y medios de comunicación.